Reseña «Lujo comunal»

«Que el placer o la celebración, por un lado, y el deber, por otro, se hagan así inseparables. La Comuna, por ejemplo, como ocasión para la celebración y como un deber: [...] un conjunto de prácticas que superan las condiciones, motivaciones y razones de un acontecimiento y que nacen de la experiencia política y la definen como tal.»

Kristin Ross: Lujo comunal, Akal, 2016 Madrid

Cuando alguien te dice que le gusta todo tipo de música. Una gran desconfianza se apodera de ti. ¿Toda toda? Alguien que le guste todo, piensas, o tiene la generosidad de quien todo lo tiene. O tiene el tiempo de cuatro generaciones. Y, sin embargo. Hay gente que le gusta todo tipo de música. Le gusta el trap y le gusta Lutoslawski. Como en una canción de Manu Chao.

Bueno. Pues no temamos decirlo. Lujo comunal: El imaginario político de la Comuna de París es para todo el mundo. Si te interesa el arte, la artesanía o el diseño; si entiendes la educación como una vía de emancipación; si apuestas políticamente por el apoyo mutuo, una cooperativa, la libre asociación, la discusión; si te interesa la historia; si te quieres ilustrar sobre uno de los acontecimientos fundadores de la política del siglo XX y el XXI. Este es tu libro. Porque es sencillo. Pedagógico. Tiene 174 páginas. Cuesta 16,5 euros. Y Kristin Ross ha apostado por la claridad y la riqueza.

El libro abraza y se pega con lo más interesante que se ha escrito sobre la Comuna. Desde su INTRODUCCIÓN es un manual. En la 13 con una frase de Henri Lefebvre:

«En la dialéctica entre lo vivido y lo concebido, la idea de un movimiento sólo se genera con y después de él: liberada por las energías creativas y el exceso del propio movimiento. Son las acciones las que producen los sueños y las ideas, y no a la inversa.»

El CAPÍTULO I trata sobre la concepción filosófica y política de la Comuna. Sobre todo, quiere rescatar el valor político. Como experiencia material. Ante quienes analizan por qué fracasó. Ross resalta su excepcionalidad. Sus lecciones. Su rareza. Su valor. Y empieza. En la 17 con este punch:

«Cuando Marx escribió que lo más importante de la Comuna de París de 1871 no eran los ideales que pretendiera materializar, sino su propia "existencia fáctica", subrayaba la ausencia entre los insurgentes de un proyecto compartido de la sociedad por venir.»

El CAPÍTULO II es. Como quien dice. Una preciosidad. Sintetiza las visiones sobre la educación que tuvieron los comuneros. Qué escuela para qué futuro. Qué enseñanza para la gente trabajadora. Con Eugène Pottier como voz cantante. En la 55 (sí, son palabras del 8 de abril de 1871):

«El que maneja una herramienta debe ser capaz de escribir un libro, de escribirlo con pasión y talento. El artesano debe ser capaz de descansar de su trabajo diario mediante la cultura artística, literaria o científica, sin cesar por eso de ser un productor.»

El CAPÍTULO III es un flipe. Recorre los itinerarios de Kropotkin el geógrafo que desvía su conocimiento hacia la política radical por los acontecimientos parisinos. De cómo poner la ciencia al servicio de la emancipación. Lo mismo con Marx (Ross sintetiza para ello a Dunayevskaya y Harvey). En la 96 rescata una frase que Marx introduce en 1872 al prefacio del Manifiesto comunista tras lo acontecido en la Comuna:

«La clase obrera no puede simplemente tomar posesión del aparato estatal existente y ponerlo en marcha para sus propios fines.»

Si tienes costumbre de subrayar los libros. Este capítulo tiene peligro de terminar rayado de izquierda a derecha.

El CAPÍTULO IV trata sobre el impacto de la Comuna en Londres y Suiza y en los proyectos libertarios. En la 113 dice así:

«La dialéctica entre lo vivido y lo concebido (...) "esta penetración recíproca de la acción y la idea".»

El CAPÍTULO V habla de cómo vieron el futuro de la transformación social Morris, Koprotkin y Reclus. Y cómo, los dos últimos, criticaron el repliegue en pequeñas comunas autónomas o cooperativas de un movimiento que todo lo quiso transformar. O, dicho con palabras de Élisée Reclus, en la 148:

«Quien había decidido cambiar el mundo se ha transformado en un simple tendero.»

Un libro contundente. Como sólo el detalle y el pincel fino pueden serlo.

Hedoi Etxarte

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