La imposibilidad del ocio y la culpabilidad del placer

Uno.

La imposibilidad del ocio y la culpabilidad del placer

Hagamos un name-droping cronológico: Epicuro, Cicerón, Séneca, Michel de Montaigne, Blaise Pascal, Karl Marx, Robert Louis Stevenson, Thorstein Veblen, Walter Benjamin, Theodor Adorno, Rafael Sánchez Ferlosio, Jean Baudrillard, Michel Houellebecq y David Foster Wallace son solo algunos nombres que, más allá de su género (masculino, singular), comparten el hecho –que puede ser más o menos anecdótico en el conjunto de sus obras– de haber dedicado algunas páginas a hablar del ocio. No tanto a desentrañarlo y definirlo como a describir su necesidad, relatar su experiencia, alabar sus virtudes o buscar su lugar y sus transformaciones en una economía capitalista que lo rebautiza como tiempo libre y lo dimensiona frente al tiempo de trabajo y su siamés: el tiempo de consumo.

Pretender una definición concluyente del ocio resulta sumamente insatisfactorio. Ya las cuatro acepciones que recoge el DRAE no evitan las contradicciones y los desajustes que señalo a continuación:

1) Cesación del trabajo, inacción o total omisión de la actividad. Lo que no contempla esta primera acepción es que, aunque cese el trabajo, no tiene por qué cesar la actividad: es habitual que en el tiempo de ocio se realicen acciones como pasear, correr, caminar a la pata coja o mover un alfil.
2) Tiempo libre de una persona. El tiempo libre es libre frente al tiempo de trabajo (que no lo es) pero, ¿cuáles son los límites entre uno y otro, y cómo de excluyentes son entre sí?
3) Diversión u ocupación reposada, especialmente en obras de ingenio, porque estas se toman regularmente por descanso de otras tareas. Hacer del ocio un sinónimo del descanso excluiría todas aquellas actividades que se practican con intensidad y exigencia. No menos problemático resulta atender al contenido de ese cajón de sastre al que los académicos han decidido llamar obras de ingenio y en el que, como enseguida se verá, insisten.
4) En plural: obras de ingenio que alguien forma en los ratos que le dejan libres sus principales ocupaciones. Con independencia del concepto de ingenio que maneje el diccionario, Jean Baudrillard adelantaba en 1970 una posible réplica: «El tiempo de ocio no se caracteriza por actividades creadoras: la obra, la creación artística o de otra índole, nunca es una actividad del ocio. […] [Ocio que] se caracteriza por actividades regresivas, de un tipo anterior a las formas modernas de trabajo (actividades manuales, artesanías, coleccionismo, pesca)».

Parece obvio que el del ocio es un campo semántico minado que nos aboca, si no queremos entrar en prolijas contradicciones, a una definición mínima, provisional y muy laxa que podríamos compensar con una contextualización más severa a la hora de proponer los ejemplos.

Una definición insuficiente pero necesaria podría ser esta: ocio es toda aquella actividad lúdica o estado de reposo, distracción o evasión que se lleva a cabo en el tiempo libre y que puede comportar muy diversos grados de intensidad, entrega y premura.

Conviene, sin embargo, deslindar el tiempo de ocio frente al tiempo libre. Theodor Adorno, en una conferencia de 1969, planteaba que el tiempo libre era un sustito menor –mermado y precario– del ocio. Un ocio donde, para Adorno, debería ser posible encontrar un fondo no solo de placer por el cese del trabajo sino también de dicha. A partir de esta idea, podemos entender el ocio como el predecesor aristocrático y trascendente del actual tiempo libre. Ya Walter Benjamin, en uno de los apuntes que conforman El libro de los pasajes, diagnosticaba que, tras el triunfo de la burguesía, la pereza había dejado de ser un valor heroico y el tiempo libre algo cada vez más parecido a un tiempo muerto.

También advertía Adorno de lo fácilmente que el tiempo libre podía convertirse en su propia parodia cuando muchas de las actividades practicadas en él funcionan simplemente como un adiestramiento de las actitudes que se demandan en los puestos de trabajo. Así sucede en la mayoría de los deportes, donde se premia el afán competitivo (la agonía), el rendimiento, la perseverancia, la capacidad de sufrimiento, etc. El tiempo libre acaba siendo al trabajo lo que un entrenamiento al día de la competición; en consecuencia, el ocio, como fin en sí mismo, desaparece.

Jean Baudrillard fue más allá al afirmar que el tiempo libre dejó de serlo cuando empezó a estar gobernado en su cronometría por el sistema de producción. En dichas condiciones, el tiempo libre no puede emanciparse del tiempo de trabajo y, menos aún, reconquistar su radicalidad que consistía en la libertad para perder el propio tiempo y «gastarlo a pura pérdida».

Ahí tenemos ya, aunque en viñetas, el proceso de colonización del ocio por la ética del trabajo: pérdida de su aristocraticismo, de su heroicidad y de su naturaleza derrochadora, parodia de sí mismo y, por último, actitud complaciente y servil con el sistema de producción.

Lo ha visto muy bien Rafael Sánchez Ferlosio al señalar que incluso la crítica marxista «detuvo su aguijón y recogió, sin romperla ni mancharla, una categoría fundamental del propio capitalismo contra el que combatía: la ética del trabajo». De ahí que el trabajo haya sido elevado a condición ontológica del ser humano mientras se ha mirado con recelo –cuando no con cristiana culpabilidad– el alarde, el derroche absoluto y la inutilidad del ocio.

Hasta la fase actual del capitalismo, el bronceado playero (me hago eco nuevamente de una idea de Ferlosio) se valoraba por lo que tenía de testimonio de una vida ociosa. Ahora, por el contrario, el mecanismo de distinción de clase –basado en la cantidad de tiempo libre de que se dispone– ha sido modificado por los más recientes y hambrientos modelos de empresa. El directivo o jefe –que presume de trabajar quince horas al día– se convierte en un estilo de vida ejemplar: ya no es solo el tiempo libre sino también el mismo tiempo de trabajo lo que, en una espiral endogámica, se aspira a tener y a consumir. El ejemplo paradigmático lo encontramos en El lobo de Wall Street de Martin Scorsese. Su protagonista, Jordan Belfort (Leonardo DiCaprio), ya no es el jefazo que delega y disfruta en una ventajosa lejanía de sus éxitos, sino el bróker masivo que utiliza el tiempo de ocio como la eufórica y en ocasiones la orgiástica prolongación de sus negocios.

Rubén Arias

Libro:

Minima moralia: reflexiones desde la vida dañada
Qwertyuiop (Ensayos 4)